PRÍNCIPE DE PAZ

Porque un niño nos ha nacido, hijo nos ha sido dado, y el principado sobre su hombro. Se llamará su nombre “Admirable consejero”, “Dios fuerte”, “Padre eterno”, “Príncipe de paz”. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre.

El celo de Jehová de los ejércitos hará esto.

—Isaías 9:6-7, RV1995

Los antiguos israelitas cayeron en gran rebelión y apostasía en tiempos de Isaías. Por esta causa tanto el reino norteño de Israel como el sureño de Judá habrían de experimentar el juicio de Dios: Asiria iba a devorar y asimilar a Israel; Babilonia iba a llevar cautiva a Judá como un trofeo de guerra.

Aunque el pueblo de Dios iba a ser devastado, Isaías anuncia que un remanente sobrevivirá y regresará. En comparación con la nación de la época de Isaías, este remanente iba a ser pequeño; pero el plan de Dios lo agrandará. Él incorporará dentro del remanente a creyentes de todas las naciones. El Israel de Dios no solo está conformado por los judíos de sangre que confían en Jesucristo como su salvador, sino también por gentiles que son incluidos entre los escogidos por la fe que reciben al ser bautizados o al escuchar el evangelio. Jesucristo encomendó la Gran Comisión a sus apóstoles y a toda la iglesia. Durante los últimos dos mil la iglesia llevó la palabra por todo el mundo y, en consecuencia, el remanente pequeño ha crecido mucho por obra del evangelio proclamado.

El texto que hoy meditamos contiene varios nombres con los que el Mesías es identificado. Uno de tales nombres es «Dios fuerte». Esta expresión es la misma que se usa en Levítico 12:3. El Mesías es llamado «Dios fuerte» porque es Dios. El pecado de Adán y el nuestro solo puede ser pagado por Dios. (Salmos 49:6-8) Cristo pagó el precio por nosotros con los méritos de su obediencia activa y pasiva. En gratitud vamos a querer encomendar todo nuestro ser en sus benditas manos.

Oración:

Misericordioso Señor te doy gracias pues me salvaste de la condenación eterna, por los méritos de Jesucristo, y suministraste tus medios de Gracia a fin de que mi fe sea fortalecida y así disfrute de tu mano protectora. Abre mi boca para contar tus maravillas. Amén

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